Y sería un día de verano, donde la gente no quiere más que descansar e ir de vacaciones con su familia a alguna parte, ya sea la playa, campo, el sur, el norte, etc. La idea es salir. Yo no sabía con qué me encontraría ese día de Enero; lo único que sabía es que tenía que prepararme para tocar cuecas en un bar, ese era mi única actividad; no sabía si iría al sur como todo verano a tocar, no, eso era lo único que haría.
Llegaría el día del evento, justo aquel día en que mi hermano celebraría su cumpleaños junto a nuestros amigos y primos. Nos fue bien en el lugar que tocamos; y yo llegaría a compartir con ellos. Me encuentro con amigos que no los veía de hace tiempo, y me dediqué a hablar con ellos. De pronto mi primo se acerca y hablamos sobre la vida, sobre lo que yo hago; y en eso sale con la idea de ir a ver a Jorge González al Caupolican. Sabíamos que tocaría La Voz del Ochenta, así que no podía decir que no, era una oportunidad que no se debe perder y más, si te están invitando.
Llegaría el día, un Martes 11 de Enero; un día común y corriente, un día soleado, un día que iría a un concierto. Nos juntamos con mi primo, y caminamos hacia el Teatro, estaba lleno de gente afuera y cuando entramos, adentro también lo estaría. Era primera vez que iba a ese lugar, así que lo inspeccioné, para saber como era la dimensión completa donde me encontraba, y entre eso; sentí que había un destino que se aparecería. Me quedé pegado en algo que sólo yo podía entender, me quedé pegado en una mirada, tan larga que comúnmente son las miradas. Y volví a ser un chico, que le preguntaba a mi madre: Porqué no me advertiste, de que algún día llegaría ese momento? Sí, llegó el momento en que, un caballero disfrazado de casualidad, me haría la señal, de que esa mirada traía algo consigo. Y después de despertar, seguí mi rumbo en el escenario y me dediqué a ver el concierto, pero siempre estuve pendiente de que si me volvería a tropezar con esos ojos.
Y no lo hice, hasta terminar el concierto, cuando ya la gente extasiada musicalmente, partiría a sus casas comentando lo bueno que fue haber estado ahí, y alucinarían por una semana con las canciones. Mientras tanto, yo quería que este caballero volviera a pasar frente a mi, y lo hizo; lo hizo con toda la amabilidad del mundo, e hizo que me volviera a quedar pegado en esos ojos. Luego correría el tiempo y me iría rápido, saliendo por los pasillos, mirando hacia atrás, como melancólicamente, pensando si volvería a verla.
Pasó el tiempo, y este caballero volvería aparecerse; y por fin, esos ojos puros y tiernos, volvería a tropezarse con mi mirada, desde ahí, hasta el resto de mis días.